Fabricio,
Quería dejarte estas líneas después de lo que me compartiste anoche. Ese videíto tuyo, ahí en un parque de Córdoba, practicando movimientos de kendo con un palo cualquiera, me sorprendió de una manera que todavía estoy procesando. No por lo marcial en sí, sino por lo que dejaba ver: concentración, silencio, una especie de disciplina íntima que no necesita escenario.
También sé de tu accidente, de las secuelas, de la lucha larga que vino después. Y, sin embargo, ahí estabas: firme, presente, moviendo ese palo como si fuera una extensión natural de tu respiración. Vulnerable, sí. Pero fuerte de una manera que no hace ruido.
Hoy fuiste uno de los que me saludó por mi cumpleaños, a mí me quedaba una porción generosa de torta, ayer nos habíamos visto en el bar la Marvic, estabas tomando una merienda como a vos te gusta y yo debí irme de inmediato dado que estaba de trámites, aunque fui recordando que nos conocimos hacía meses en una de mis noctambuleadas por la Estación de Servicio Axion, cuando tenía el Shop las 24 hs. Fue así que me dije: ¡lo invito a comer la torta que queda con un café! Asi lo hice y él presto, llegó en tan solo 10 minutos, compartimos una nueva y excelente conversación presencial y también pasaste a conformar potencialmente el grupo de mis otros contertulianos presenciales con los que nos reunimos periódicamente, aunque no demasiado seguido, y esto de la presencia es para todos nosotros un auténtico gusto, mucho mayor que el de los sociales virtuales.
Por eso linkeé ese video como un pequeño homenaje. Porque en mi entorno hay varios guerreros silenciosos, y vos acabás de sumarte a esa constelación de samuráis meditativos que aparecen sin anunciarse.

