Hay mujeres que se dicen a sí mismas que no son vulnerables, incluso cuando están atravesando una depresión.
Y eso, lejos de negar su dolor, es el primer gesto de fortaleza.
Ella —una canceriana con tanto Virgo en su naturaleza— carga una sensibilidad profunda y una autoexigencia que a veces se vuelve cruel.
Cuando no cumple con sus propias expectativas, su autoestima se resiente.
Y ese resentimiento no nació hoy: viene de años atrás, de aquel episodio adolescente que guardó en secreto y que todavía late como una herida antigua.
Pero hoy está dando un paso distinto.
Hoy se está convirtiendo en una de las nuestras: una Vulnerable Fuerte.
Encabezo un grupo de personas que entendimos que expresar, sentir y compartir nuestras vulnerabilidades no nos hace débiles.
Nos hace más fuertes que muchos “fuertes” que viven sin sentido, atrapados en el ruido del estrés laboral, familiar o existencial.
Permitirse mostrar la vulnerabilidad es un símbolo de fortaleza.
Porque uno puede ser sí mismo sin esconderse.
Y cuando el fuerte vulnerable empieza a abrirse, tiene que psicoeducar a su entorno cercano —no a todos, solo a los que están en las buenas y en las malas.
A los que saben escuchar, a los que pueden contener aunque no siempre.
La depresión se trata con psicofármacos, sí, entre los remedios más eficaces.
Pero el alma se sana con terapias holísticas, con arte, con palabra, con ritual, con amor.
Por eso prefiero decir complementarias y no alternativas: la medicina oficial cura el cuerpo y la mente; las otras ayudan a sanar el alma.
Y cuando una mujer sensible, exigente y luminosa como ella se permite decir “no soy vulnerable”, pero se abre igual, ahí nace la verdadera fuerza.
La fuerza de los vulnerables que eligieron no esconderse más.

