miércoles, 3 de junio de 2026

Sobre el instante en que una mirada te cambia el eje


Hay días en que uno se despierta con la sensación de que algo se movió adentro.
No es un pensamiento, no es un plan, no es una decisión.
Es un desplazamiento interno, casi imperceptible, pero real.

A veces ese movimiento nace de una mirada.
Una mirada que no esquiva, que no baja, que no pide permiso.
Una mirada que te sostiene y te obliga a revisar la tuya.
Una mirada que te recuerda que todavía hay fuego, que todavía hay vida, que todavía hay deseo.

No hablo de romance ni de destino.
Hablo de presencia.
De ese raro momento en que otra persona te muestra, sin decirlo, que te ve.
Y que vos, sin quererlo, también la ves.

Hay encuentros que no son buscados.
Son revelaciones.
Pequeñas epifanías que te dicen que no todo está dicho, que no todo está cerrado, que no todo está terminado.

A veces la vida te pone enfrente a alguien que te despierta.
Y uno, que ya ha vivido lo suficiente, reconoce ese despertar.
Lo honra.
Lo agradece.
Y lo deja ser.

Porque no siempre se trata de avanzar.
A veces se trata simplemente de reconocer.

Reconocer que algo se encendió.
Reconocer que uno sigue siendo capaz de sentir.
Reconocer que el mundo todavía guarda sorpresas.
Reconocer que hay miradas que te reordenan el alma.

Y que eso, por sí solo, ya es un regalo.


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