El fuego de la mañana
Hoy amanecí con una energía rara en la espalda. No mística, no simbólica: corporal. De esas que aparecen cuando algo verdadero se está moviendo.
Y justo en ese clima tuve una de las conversaciones más jugosas en mucho tiempo con mi coachee de hoy. Ella, con su mate y su vida real. Yo, con mi lucidez despierta y mi oficio afinado.
En el medio, como siempre, apareció mi amigo arquitecto —el del grupete, uno de los tres bipolares oficiales del rioba—, no confundir con ningún “arquitecto interno”, porque eso ya es pasado. Hoy soy simplemente yo, sin personajes.
La mañana empezó con un simple “¿estás?”. Y de ahí se abrió un río entero.
Hablamos de fuego, de intuición, de vínculos, de lo que uno busca y de lo que uno no negocia. Ella habló de su deseo de pareja. Yo hablé de mi vida real, sin disfraces.
Y apareció también la ondina. Esa mujer leonina que, hasta esta entrada, me producía cosquillitas en la panza —y creo que yo también a ella—. Gracias a Dios, al final ambos nos ubicamos donde correspondía: como hermanos luminosos. Chau pichu. Todo en paz.
La coachee habló de su historia. Yo hablé de la mía. Y sin darnos cuenta, estábamos haciendo coaching del bueno: del que no adoctrina, del que no pontifica, del que no se sube a ningún pedestal, sino del que acompaña desde la vulnerabilidad fuerte.
Y en el centro de todo, como siempre, Isabella. Mi hija. Mi legado. Mi corazón. La que vuelve a casa este fin de semana. La que me reclamó como padre. La que me hizo temblar el alma con un simple mensaje.
Cuando la coachee dijo: “Recuperé mi vida”, sentí un lagrimón caer.
Porque eso hacemos los vulnerables fuertes: no negamos, no reprimimos, no nos escondemos. Regulamos. Respiramos. Nombramos. Y seguimos.
Hoy, en esta mañana fashion‑house, con mate, fuego y risas, hicimos una pieza mínima. Y acá queda registrada.

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